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En el Oriente Cristiano: Los Símbolos de la Teofanía

El Bautismo del Señor es una fiesta importante en el Oriente cristiano. Conocida como Teofanía, esta fiesta en las iglesias de la tradición bizantina ocupa el segundo lugar en importancia después de la fiesta de la Resurrección de Cristo: Pascha o Pascua.

Observada el 6 de enero, la Teofanía ejemplifica cómo la vida litúrgica de la iglesia expresa la realidad de la Encarnación y su íntima relación con la creación de Dios.

En el bautismo de Jesús en el río Jordán, el Espíritu Santo descendió en forma de paloma y la voz de Dios Padre resonó desde el cielo: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección” (Mateo 3, 17).

La Santísima Trinidad fue así revelada a la creación.

Hay cuatro temas principales en la celebración de la Teofanía: la manifestación de la Santísima Trinidad; la iluminación de Cristo la Luz, el encarnado que viene al mundo; la santificación del agua a través de la inmersión de Jesús en el río Jordán; y la santificación de toda la creación, imbuida de la presencia de Dios a través del descenso de Jesús a las aguas.

Cada día festivo en el calendario litúrgico bizantino tiene su propia imagen o ícono, que es más que una simple ilustración o representación de una persona o evento. La iconografía es una forma de arte “canonizado” en la que los verdaderos íconos deben pintarse siguiendo ciertos cánones establecidos sobre líneas, color y composición. Y el iconógrafo debe ser un creyente que vive una vida casta de oración.

Desglosar el significado de un ícono en la tradición bizantina, por lo tanto, es entrar de lleno en el misterio de la persona o el evento que se conmemora y aprender su relevancia para nuestra vida y nuestro tiempo.

La iconografía evolucionó desde el uso de imágenes en el período clásico, representando personas y eventos relacionados con la vida de Cristo, hasta la pintura de imágenes devocionales de Cristo, la Madre de Dios y los santos con un estilo influenciado por las culturas, filosofías y religiones del Mediterráneo oriental, que en ese entonces fue el centro de la cultura y la civilización occidental.

El Concilio de Trullo (691-692) comenzó a definir los principios de la iconografía. Lo que se volvió importante no fue solo lo que se representaba, sino cómo se representaba. La línea, el color y la composición se convirtieron en un sistema de entrega para comunicar la teología. El iconógrafo debía permanecer en el anonimato, dejando de lado cualquier reconocimiento personal a la teología que estaba retratando. Si bien todavía había espacio para la creatividad e incluso el ingenio, esta licencia se mantiene dentro de los límites de los cánones de la iconografía.

En el icono de la Teofanía, vemos a los ángeles en un estado de asombro y admiración. San Juan Bautista, a la derecha de Jesús en la imagen, también expresa movimiento y asombro. Pone su mano sobre la cabeza de Jesús en el gesto de la imposición de manos, transmitiendo así a Jesús su propio oficio profético: Las primeras palabras de Jesús después de su bautismo y al comienzo de su ministerio público tienen el mensaje mismo que dio Juan: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mateo 4,17).

El Séptimo Concilio Ecuménico (787) articuló la justificación espiritual y teológica de la iconografía, liberando todas las imágenes religiosas de la tiranía de la herejía de la iconoclasia. La iconografía se desarrolló primero en las culturas de habla griega del Imperio bizantino y luego se extendió a los eslavos de Europa central y oriental en el siglo X, donde la iconografía alcanzó su máximo esplendor, especialmente entre los monjes.

La iconografía, como la teología litúrgica de las iglesias orientales, dirige nuestra atención hacia nuestra muerte y vida eterna. Los íconos que representan eventos, como el bautismo de Cristo, tienen varias áreas de significado en su composición. Las dos áreas fundamentales se describen como la hierática y la narrativa.

A Cristo siempre se le representa en la zona hierática, que suele ser el centro o la parte superior del plano pictórico. Se le representa estático y frontal, con poca o ninguna indicación de movimiento o emoción. De esta manera, la iconografía subraya la Divinidad de Cristo. Simboliza la verdad de que Dios es un ser perfecto que siempre fue, es y será. Por esta perfección, Dios no cambia; no le perturban las pasiones.

En el icono de la Teofanía, Jesús está en pose hierática: en el centro de la composición, totalmente vertical con sólo un leve gesto de bendición.

El área narrativa de un icono, o el plano inferior, representa la realidad del tiempo y el lugar que conocemos en la Tierra, que se encuentra en un estado constante de cambio, devenir y perfeccionarse. Las figuras en esta zona muestran movimiento y gestos de admiración, asombro reverencial y de quedarse sobrecogidos ante la presencia de lo Divino.

En el icono de la Teofanía, vemos a los ángeles en un estado de asombro y admiración. San Juan Bautista, a la derecha de Jesús en la imagen, también expresa movimiento y asombro. Pone su mano sobre la cabeza de Jesús en el gesto de la imposición de manos, transmitiendo así a Jesús su propio oficio profético: Las primeras palabras de Jesús después de su bautismo y al comienzo de su ministerio público tienen el mensaje mismo que dio Juan: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mateo 4,17).

También rodeando a Jesús en el icono hay elementos de la naturaleza: agua, rocas, cielo. La venida de Cristo a nuestra realidad, ya sea en una cueva en Belén o en el río Jordán, es una santificación de la naturaleza misma.

En cada festividad de la Teofanía, piense en la belleza de la creación de Dios y cómo los mismos elementos de la materia (agua, fuego, tierra y aire) son santificados e imbuidos de la presencia de la Deidad. Consideremos también la costumbre cristiana del agua bendita, y especialmente en la tradición oriental la Gran Bendición del Agua. Esta agua bendita se usa para bendecir todas las cosas: iglesias, hogares, lo sacramental y las personas. Atesore esta agua bendita y mantenla con usted durante todo el año.


El padre Thomas J. Loya es sacerdote de la Eparquía Católica Bizantina de Parma y un iconógrafo. Es párroco de la Iglesia Católica Bizantina Anunciación en Homer Glen, Illinois.

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