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La Santa Sede en las Naciones Unidas

¿Qué papel juega la Iglesia Católica en la Organización de las Naciones Unidas? ¿Existe una relación formal entre estas dos instituciones de carácter global? Si es así, ¿de qué manera y por qué?

En términos generales, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), cuyo 77º período de sesiones (2022-2023) de la Asamblea General comenzó el martes 13 de septiembre, está conformada por tres grupos: Estados nación, organizaciones de las Naciones Unidas como UNICEF y UNESCO, y organizaciones de la sociedad civil o no gubernamentales.

En el núcleo de la ONU se encuentran cinco órganos principales establecidos por la Carta de las Naciones Unidas: la Asamblea General, el Consejo de Seguridad, el Consejo Económico y Social, la Corte Internacional de Justicia y la Secretaría General de las Naciones Unidas.

En la actualidad son 193 los Estados miembros que integran la Asamblea General, a los que se suman dos Estados observadores: la Santa Sede y Palestina. La situación con respecto a la Iglesia y la ONU es complicada y confusa por diversas razones: una de las principales tiene que ver con que la mayoría de las personas, incluso católicos bien informados, usan indistintamente los términos Iglesia Católica, Iglesia Católica Romana, el Vaticano y la Santa Sede. Sin embargo, si bien estos términos se encuentran íntimamente relacionados y en general se superponen, no son sinónimos.

Los términos más importantes para empezar a comprender la relación de la Iglesia con las Naciones Unidas son “Ciudad del Vaticano” y “Santa Sede”.

En 1929, después de décadas de desacuerdos entre la Iglesia y el recién unificado Reino de Italia, este último reconoció “la soberanía de la Santa Sede en asuntos internacionales como un atributo inherente”, así como “la plena propiedad, el poder exclusivo, la autoridad soberana y la jurisdicción de la Santa Sede sobre el Vaticano como está constituido actualmente… creando así la Ciudad del Vaticano” (Artículos 1 al 3 del Pacto de Letrán)El artículo 24 del Pacto de Letrán especificaba, además, una característica importante de la soberanía: “En lo que respecta a la soberanía… en asuntos internacionales, la Santa Sede declara que no desea tomar parte, ni tomará parte, en ninguna rivalidad temporal entre otros Estados, ni en ningún congreso internacional llamado a resolver tales asuntos”, salvo que sea invitado por todas las partes involucradas en la “rivalidad”. El lenguaje indica que esta fue la elección de la Santa Sede y no algo impuesto desde fuera.

Esta “neutralidad fundamental” de la Santa Sede en los asuntos internacionales es importante para entender su papel y postura en las Naciones Unidas.

El surgimiento del Estado nación tiene sus raíces en el Tratado de Westfalia (1648) que puso fin a la Guerra de los Treinta Años en Europa, comenzando un largo proceso por el que todavía emergen algunos Estados. Los casos abundan incluso en la Europa actual: los Estados balcánicos de la pos-Yugoslavia son un buen ejemplo de esto.

No obstante, mucho antes del Tratado de Westfalia, la Santa Sede era universalmente considerada un Estado soberano en Occidente. Durante siglos, los Estados Pontificios en el centro de Italia fueron vistos como las posesiones del obispo de Roma, el Papa, que no solo era su líder espiritual, sino también su soberano. Otros soberanos en Europa, y por momentos el Imperio otomano musulmán, mantuvieron relaciones diplomáticas con los Estados Pontificios de la Santa Sede.

Las guerras napoleónicas (1800-1815) y el Risorgimento, o guerras por la unificación de Italia, que culminaron con el establecimiento del Reino de Italia en 1861 y la consecuente pérdida de los Estados Pontificios en 1870, primero debilitaron y luego eliminaron la soberanía en el orden temporal del Papa y la Santa Sede. Desde 1870 hasta 1929 -un período de 59 años-, el estatus internacional de la Santa Sede estuvo en un limbo. Es importante tener en cuenta que mientras que los Estados Pontificios desaparecieron en 1870, la Santa sede no lo hizo.

El surgimiento de organizaciones internacionales como la Sociedad de Naciones, después de la Primera Guerra Mundial, y las Naciones Unidas, después de la Segunda Guerra Mundial, planteó la posibilidad y la cuestión del derecho de la Santa Sede a formar parte de estas. Las propuestas anteriores relativas a la inclusión de la Santa Sede en la Sociedad de Naciones fueron rechazadas por Francia, Gran Bretaña y, en cierta medida, por Estados Unidos. Como resultado, la Santa Sede nunca fue miembro de esta organización y a menudo adoptó una posición crítica con ella.

El arzobispo Gabriele Caccia habla por un micrófono mientras está sentado en la ONU.
El Arzobispo Gabriele Caccia, observador permanente del Vaticano ante las Naciones Unidas, habla en la ONU en la ciudad de Nueva York el 27 de enero de 2020. (foto: CNS/Gregory A. Shemitz)

La cuestión de la pertenencia de la Santa Sede a la Organización de las Naciones Unidas, recientemente creada, surgió pronto. Aparecieron muchas de las mismas reservas, incluidas las cuestiones sobre el estatuto de la Santa Sede en el derecho internacional. Hubo cierta oposición a que la Santa Sede fuera miembro de la ONU. El secretario de Estado de los Estados Unidos, Cordell Hull, pensó que “no era deseable” que la Santa Sede fuera miembro porque, “como un estado diminuto, el Vaticano [nótese su confusión entre la Santa Sede y el Vaticano] no sería capaz de cumplir con las responsabilidades de la membresía”.Sin embargo, los organizadores finalmente acordaron que la Santa Sede era una “persona internacional” y “como una personalidad internacional… tiene la competencia para involucrar a otras personalidades internacionales, incluidos los Estados soberanos”.

Casi al mismo tiempo que el surgimiento de las Naciones Unidas, se estaban produciendo cambios significativos en la Iglesia Católica, incluida una evolución de la idea del papel de la Iglesia Católica en el mundo, lo que conduciría a la convocatoria del Concilio Vaticano II. La actitud ambivalente de Pío XII hacia las Naciones Unidas dio paso a una postura de cooperación. El Papa Juan XXIII, en su innovadora encíclica Pacem in Terris, expresó sus esperanzas: “¡Ojalá llegue pronto el tiempo en que esta Organización [la ONU] pueda garantizar con eficacia los derechos del hombre!” (Párr. 145).

La Santa Sede se convirtió, de manera extraordinaria, en observador permanente ante la ONU en 1964. U Thant, secretario general de la ONU (1961-1971), quedó impresionado por los esfuerzos por la paz realizados por el Papa Juan XXIII, especialmente su intervención para calmar la Crisis de los Misiles de Cuba en 1962 y la Pacem in Terris.

Un mes después de la elección del Papa Pablo VI (1963), U Thant visitó la Santa Sede y encontró que la posición del nuevo Papa sobre la guerra desatada en Vietnam era similar a la del Papa Juan XXIII. Cuando Pablo VI pidió a través de un escrito “relaciones más estables” con la ONU, el secretario general respondió rápidamente ofreciendo el estatus de observador permanente (6 de abril de 1964).

En calidad de observador permanente, la Santa Sede fue invitada a los períodos de sesiones de la Asamblea General, el Consejo de Seguridad, y el Consejo Económico y Social. Puede hacer declaraciones formales sobre asuntos políticos durante los debates generales. Sin embargo, no puede emitir voto, copatrocinar proyectos de decisión o resolución, plantear cuestiones de orden o ejercer el derecho de respuesta. Curiosamente, el arzobispo Celestino Migliore, observador permanente de la Santa Sede ante la ONU de 2002 a 2010, declaró: “No tenemos voto porque esa ha sido nuestra decisión”.

El estatuto de la Santa Sede en las Naciones Unidas fue afirmado y respaldado por la Asamblea General el 16 de julio de 2004. Tras un intento por destituir a la Santa Sede como observador permanente, la Asamblea General aprobó la resolución A/58/314, en la que se reconoce que “la Santa Sede, en su calidad de Estado observador, gozará de los derechos y privilegios de participación en los períodos de sesiones y los trabajos de la Asamblea General y en las conferencias internacionales convocadas bajo los auspicios de la Asamblea u otros órganos de las Naciones Unidas, así como en las conferencias de las Naciones Unidas que figuran en el anexo de la presente resolución”.

En un anexo de la resolución, la Asamblea General dejó sin efecto muchas restricciones anteriores y aumentó los privilegios de la Santa Sede en su interacción con las Naciones Unidas.

Si bien el estatus de observador permanente puede aparecer como propio de un nivel inferior de asociación, el arzobispo Migliore estaba en lo correcto al decir que fue una elección deliberada. La postura de neutralidad permanente de la Santa Sede, que será tratada en un artículo posterior, significa que esta puede trabajar por la paz y los derechos humanos como una entidad imparcial. No podría considerarse neutral si, por ejemplo, vota a favor de sanciones contra un país en particular o si se le exige que contribuya con fuerzas armadas en una de las misiones de paz de la ONU.

Con la Resolución A/58/314, la Santa Sede se posiciona en las Naciones Unidas con acceso y capacidad para influir en sus principales órganos e instituciones. Como observador permanente, la Santa Sede puede cumplir esta labor sin poner en riesgo su compromiso de neutralidad autodeclarada, y sin dejar de ser una voz religiosa y moral que promueve los valores evangélicos de paz, justicia y dignidad humana en medio de la comunidad internacional.


Un sacerdote franciscano de la Expiación, el padre Elias Mallon sirve como asistente especial del presidente de CNEWA.

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