En Gaza de la posguerra, la supervivencia es una negociación diaria, no un derecho garantizado.
Los ataques aéreos han cesado, pero las consecuencias de dos años de bombardeos —que han matado al menos a 71.000 personas— siguen visibles en hospitales, clínicas y refugios abarrotados.
El sistema de salud de Gaza ya era frágil antes de comenzar la guerra en octubre 2023, después de que Israel invadiera Gaza en represalia por el ataque de Hamás contra civiles en Israel, que incluyó la muerte de 1.200 personas y la toma de 254 rehenes.
Entonces, Gaza contaba 38 hospitales con 3.680 camas. En enero 2026, 18 hospitales operaban parcialmente, con unas 1.700 camas, una reducción del 54% en su capacidad. Durante la guerra, desaparecieron especialidades médicas enteras; la cirugía cardíaca, los trasplantes de órganos y tratamientos oncológicos avanzados se detuvieron por completo o funcionaron de forma simbólica.
Los hospitales sobrevivientes trabajan con una escasez constante de electricidad, combustible, personal médico y suministros. Más de 1.700 trabajadores médicos, incluidos 150 médicos especializados, murieron durante la guerra, y al menos 700 profesionales de la salud se marcharon, lo que creó una fuga de cerebros duradera, según la Unidad de Información de Salud de Gaza.
Tras el alto al fuego de octubre pasado, miles de pacientes regresaron al Hospital Árabe Al-Ahli con afecciones de salud desatendidas durante los bombardeos, desplazamientos y la atención enfocada en la supervivencia.
En una entrevista tres meses después del alto el fuego, el Dr. Maher Ayad, director del hospital, declaró: “Los problemas médicos siguen empeorando debido a la escasez de medicamentos y suministros. Hasta ahora, los hospitales de Gaza no han recibido medicamentos, equipos ni suministros necesarios para los pacientes”.
Durante la guerra, Al-Ahli, como otros hospitales de Gaza, priorizó los casos de traumatología de emergencia. Las lesiones por ataques aéreos, heridas por derrumbes de edificios, quemaduras y amputaciones por metralla consumieron los quirófanos y agotaron al personal médico. Las cirugías electivas y el tratamiento de enfermedades crónicas se pospusieron indefinidamente.
Desde el alto al fuego, el Dr. Ayad ha visto el retorno de pacientes con cáncer y con enfermedades abdominales, como hernias y afecciones de la vesícula biliar.
El hospital fue bombardeado varias veces durante la guerra y, en enero, funcionaba en edificios con infraestructura dañada. Departamentos enteros requirieron reconstrucción, mientras otros funcionaban con equipo limitado y soluciones improvisadas.
“Los problemas médicos siguen empeorando debido a la escasez de medicamentos y suministros”.
“Necesitamos reparaciones importantes, nuevos equipos y suministros, especialmente para pacientes que requieren vendajes diarios para sus heridas”, declaró el Dr. Ayad.
Al momento de la publicación, en Gaza, el 73% de los medicamentos esenciales estaban agotados, incluyendo anestésicos y medicamentos de cuidados intensivos. Tan solo en el Hospital Al-Ahli, más de 150 pacientes requerían atención diaria de heridas relacionadas con la guerra que habían permanecido sin tratamiento durante meses.
“Necesitamos antibióticos urgentemente, en particular antibióticos especializados basados en cultivos y pruebas de sensibilidad”, declaró el Dr. Ayad. “Pero las pruebas de laboratorio avanzadas son prácticamente inexistentes en Gaza”.
Este colapso de los diagnósticos se ha extendido por Gaza. De las siete máquinas de resonancia magnética que había en Gaza antes de la guerra, ninguna funcionaba en enero. Solo seis de los 17 tomógrafos funcionaban; y la mayoría funcionaba intermitentemente debido a cortes de electricidad, falta de repuestos y personal con capacitación insuficiente.
“Nuestro tomógrafo funciona una vez cada dos o tres días, mientras los pacientes con cáncer esperan sus condiciones se agrava”, dijo la Dra. Ayad.
Boshra Awad, 75, residente de Gaza, es una de muchos pacientes cuya salud se deterioró durante la guerra.

Su enfermedad comenzó repentinamente. “Me desperté con un dolor intenso en la pierna”, recordó. “Mis hijos me llevaron en silla de ruedas. El médico me drenó líquidos de la rodilla, pero luego se me hinchó la pierna y no podía caminar”.
Tras el alto el fuego, ingresó en el Hospital Al-Ahli y fue operada, a pesar de su debilitado corazón, un riesgo agravado por la escasez de herramientas de diagnóstico y medicamentos.
“Gracias a Dios estamos en el hospital y nuestra condición es estable”, dijo Awad desde su cama de hospital, con su hija a su lado. Antes de la guerra, la vida era mucho mejor. Ahora todo es más difícil.
“Las calles están destruidas, el transporte es muy difícil y el frío lo empeora todo”, continuó. “Los enfermos no lo pueden soportar, pero ¿qué podemos hacer? Es lo que Dios escribió para nosotros”.
Su experiencia refleja una crisis de salud pública más amplia. Con el 85% del servicio de agua y alcantarillado fuera de servicio, las infecciones, enfermedades crónicas y de la piel se han propagado con rapidez, especialmente entre los desplazados que viven en tiendas de campaña y refugios improvisados donde la higiene es casi imposible.
“Sin una paz verdadera, estos problemas continuarán”, dijo la Dra. Ayad. “La paz es la única manera de que la vida vuelva a la normalidad”.
“La paz es la única manera de que la vida vuelva a la normalidad”.
Para muchas familias, el alto el fuego no acabó con su miedo, lo transformó: del miedo a una muerte súbita al miedo a un deterioro lento con una muerte dolorosa.
“Esperamos a que cesaran los bombardeos para poder operarlo”, dijo Mazen Sakani, cuyo hermano, herido durante la guerra, fue operado en Al-Ahli.
“Salió de la cirugía y no hay medicamentos para él”, dijo Sakani. “¿Adónde vamos? ¿Dónde conseguimos los medicamentos?”
En toda Gaza, el 71% de los suministros médicos, incluyendo gasas, suturas, desinfectantes y yeso, no estaban disponibles a mediados de enero. Hasta los suministros básicos para curar heridas estaban racionados, lo que obligó a los médicos a reusarlos.

“Mi sobrino murió en la guerra”, dijo Sakani. “Ahora ni siquiera podemos encontrar medicamentos para los vivos”.
El invierno ha empeorado las condiciones. “No hay mantas ni ropa de cama adecuada”, añadió. “Dicen que está llegando la ayuda, pero no vemos nada y nos estamos asfixiando”.
Las organizaciones humanitarias, que siguen siendo un recurso vital en estas condiciones, enfrentan restricciones operativas que amenazan su capacidad operativa.
El 1 de enero, Israel anunció que revocaría las licencias de 37 grupos humanitarios que trabajan en los Territorios Palestinos de Gaza y Cisjordania, desde el 1 de marzo, incluyendo a los que apoyan iniciativas de atención médica en Gaza. Sin embargo, el Tribunal Supremo israelí emitió una orden judicial temporal el 27 de febrero bloqueando la prohibición, después de que 17 de estos grupos presentaran una petición ante el tribunal el 22 de febrero.
El Consejo de Iglesias del Cercano Oriente (NECC), que presta servicios médicos y humanitarios en toda la región y colabora con CNEWA en Gaza, es uno de los afectados por esta política.
“Representamos a las iglesias ortodoxa, católica, anglicana y protestante, y siempre hemos operado de forma transparente y legal”, declaró Moussa Ayad, miembro de la junta directiva.
A pesar de la destrucción de sus instalaciones, NECC ha seguido brindando atención médica en sus tres clínicas móviles, reubicadas repetidamente durante la guerra. En enero, dieron más de 1.000 servicios médicos diarios, en especial a los desplazados que sufren desnutrición, infecciones cutáneas y enfermedades respiratorias y relacionadas con el frío y el hacinamiento.
“Ahora ni siquiera podemos encontrar medicamentos para los vivos”.
La organización benéfica internacional Médicos Sin Fronteras (MSF) también se vio afectada por la decisión de Israel. En ese momento, la organización sostenía una de cada cinco camas de hospital en Gaza y asistía a uno de cada tres partos.
“Solo en 2025, MSF trató más de 100.000 casos de trauma y realizó casi 23.000 cirugías”, declaró Claire Nicolet, coordinadora de emergencias de MSF.

MSF también proporcionó cientos de miles de consultas externas, sesiones de salud mental y millones de litros de agua potable: servicios esenciales en medio de la destrucción y el colapso de la precaria infraestructura pública de Gaza.
Restringir las organizaciones humanitarias, afirmó Nicolet, llevaría a un sistema ya colapsado a un fracaso irreversible.
“La ayuda humanitaria no es un favor”, afirmó. “Es una obligación legal”.
Las clínicas de NECC y MSF operan como sistemas de salud paralelos, llegando a comunidades a las que las instituciones formales no pueden atender.
“Cuando oigo la palabra ‘cierre’, me da escalofríos”, declaró Moussa Ayad de NECC.
“No es nada fácil después de años de brindar servicios continuos al público. El sistema de salud está al borde del colapso, y retirar las licencias a esas instituciones provocará un colapso mayor”.
Mientras los principales hospitales luchan por sobrevivir, Caritas Jerusalén, miembro de Caritas Internationalis, organización benéfica global de la Iglesia Católica, optó adaptarse en lugar de retirarse.
“Caritas ha estado presente en Gaza mucho antes de la guerra”, afirmó el Dr. Jihad al-Hessi, su consultor médico.
Durante la guerra, las clínicas de Caritas fueron desplazadas repetidamente, junto con la población local, de Gaza a Rafah, Deir al-Balah y Nuseirat, y luego de regreso a Rafah y Khan Younis. A mediados de enero, Caritas gestionaba nueve puntos médicos en Gaza (tres de ellos brindaban atención avanzada) y trabajaba en coordinación con el Ministerio de Salud palestino para abrir un décimo centro en la ciudad de Gaza.
Caritas Jerusalén atiende a más de 1.000 personas diariamente para enfermedades infecciosas, crónicas, desnutrición y salud materna, afirmó el Dr. Hessi. Pero esta flexibilidad no puede compensar el colapso de la atención secundaria y especializada, añadió.
“Más de dos tercios de los hospitales de Gaza fueron destruidos o quedaron inoperativos. La atención primaria ayuda a reducir la presión, pero no puede reemplazar un sistema hospitalario funcional”, afirmó.
“Esperamos que las guerras terminen y que la paz prevalezca, no solo en Gaza, sino en todo el mundo”.
“La ayuda humanitaria no es un favor. Es una obligación legal”.
A mediados de enero, más de 19.500 pacientes requirieron evacuación médica urgente, y se informó que al menos 1.200 murieron desde el comienzo de la guerra mientras esperaban permiso para salir.
El cruce de Rafah entre Gaza y Egipto —entonces el único cruce terrestre hacia la Franja de Gaza—cerró en mayo 2024 tras una invasión militar israelí, aumentando la crisis humanitaria.
Pero con el inicio de la segunda fase del alto el fuego, el cruce reabrió el 2 de febrero de forma limitada y bajo estricta supervisión. El paso por el cruce para tratamiento médico quedó estrictamente restringido; las autoridades israelíes otorgaban permisos solo a los casos más críticos y bajo condiciones complejas, incluyendo que los pacientes demostraran que sus enfermedades no podían ser tratadas en Gaza. Sin embargo, incluso las aprobaciones eran limitadas e impredecibles.
Durante los primeros tres días de la reapertura, se suponía que 150 pacientes saldrían con 300 acompañantes, pero las restricciones israelíes limitaron ese número a 96 personas (pacientes y acompañantes). El cruce se cerró el 6 y el 7 de febrero, al parecer debido a una confusión sobre el procedimiento, antes de reabrirse.
Shaimaa Abu Reida, cuya hija de 3 años resultó herida por fragmentos de cohetes israelíes el pasado agosto, había solicitado permiso para cruzar a Egipto. Su hija sufrió graves lesiones internas en el hígado, el estómago y los intestinos.
“El tratamiento en Gaza es casi imposible”, informó Abu Reida el 3 de febrero mientras esperaba en el Hospital Al-Amal de Khan Younis, al sur de Gaza, donde la Organización Mundial de la Salud preparaba a los pacientes para el cruce. Quienes recibieron autorización fueron trasladados en autobús a Rafah, acompañados por vehículos militares israelíes.
“Solo acepté viajar porque mi hija necesita atención”, dijo. “Confiamos en Dios y esperamos que se recupere y regrese a casa. Una vez que mejore, regresaremos a Gaza de inmediato”.
Para Sabah al-Raqab, 56, regresar a Gaza en febrero fue más arduo que cruzar a Egipto para recibir tratamiento por una grave afección cardíaca en marzo 2025. Cuando la Embajada de Palestina en Egipto le informó que tenía permiso para regresar a Gaza con su hija de 17 años, pensó que su calvario había terminado.
“Nuestra alegría fue indescriptible”, dijo el 5 de febrero desde Al-Mawasi, donde vivía en un refugio temporal con su esposo e hijos, entre otras familias desplazadas. “Estaba lista para vivir en una tienda de campaña, con tal de regresar”.
Pero su regreso a casa se convirtió en una serie de humillaciones: horas de espera en el puesto de control israelí cerca al cruce fronterizo y repetidos registros y confiscación de pertenencias, incluyendo medicamentos esenciales y juguetes infantiles. Desde allí, ella y otras personas fueron trasladadas a Khan Younis en un autobús rodeado de jeeps militares antes de ser interrogadas.
“Gaza es mi país”, dijo. “¿Por qué necesito permiso para entrar?”.
A pesar de haber perdido su hogar en Khan Younis y todas sus posesiones en la guerra, Raqab insistió en que se quedaría en Gaza.
“Prefiero sentarme en los escombros o bajo un árbol antes que ser una refugiada fuera de Gaza”.
Conexión CNEWA
CNEWA trabaja con sus socios en la Franja de Gaza a través de su agencia operativa en el Medio Oriente, la Misión Pontificia para Palestina. Durante años ha apoyado al único hospital cristiano de Gaza, Hospital Árabe Al-Ahli, que continúa atendiendo a pacientes a pesar de haber sido atacado múltiples veces durante la guerra entre Israel y Hamás; y de la escasez de suministros y equipos médicos. CNEWA/PMP ha subvencionado durante mucho tiempo la labor del Consejo de Iglesias del Cercano Oriente, incluyendo sus clínicas de maternidad, sus servicios móviles de asistencia comunitaria y sus puestos de control médico, ahora destruidos.
Apoye la labor de CNEWA en Gaza, llamando al 1-866-322-4441 (Canadá) o al 1-800-442-6392 (Estados Unidos), o visite cnewa.org/es/donacion/.