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Soy Diaa Ostaz, una periodista con base en Gaza, y realmente me encantaría contarles mi experiencia cuando cubrí la Pascua de Resurrección en Gaza tras dos años de guerra. Visité la iglesia durante dos días, el Viernes Santo y el Sábado Santo.
Así que, en la Iglesia de la Sagrada Familia, el sonido de las campanas ha vuelto, no como en cualquier año cualquiera, sino como una señal silenciosa de que la vida de alguna manera sigue avanzando.
Esta es la primera Pascua de Resurrección en Gaza tras dos años de guerra. La gente no solo celebraba, intentaba recuperar algo que habían perdido.
El Viernes Santo, todo se sentía pesado. Las oraciones eran lentas y las voces bajas, y los rostros transmitían un tipo de agotamiento que las palabras no pueden describir del todo. El Vía Crucis no fue solo un ritual, se sentía real, profundamente vivido.
Pero al día siguiente, el Sábado Santo, algo cambió. Las mujeres llevaban sus prendas más hermosas, y los hombres intercambiaban sonrisas tranquilas.
Y los niños, los niños lo cambiaron todo. Corrieron, rieron y jugaron como recuperando dos largos años de miedo. Y aún así, el sonido de la guerra no estaba lejos. Se oían explosiones a lo lejos: un momento de temor, luego la vida continúo lentamente.
Pero dentro de la iglesia, otro sonido se elevó por encima de todo. “Padre nuestro, que estás en los cielos”, una oración firme e inquebrantable.
Durante mi cobertura, conocí a muchísima gente, pero un momento se quedó conmigo: cuando una mujer llamada Lina Masoud se levantó, y encendió una vela en silencio. Levantó las manos y rezó, pidiendo a Dios que trajera luz a su vida, igual que la pequeña llama frente a ella. Luego me miró, sonrió y dijo: “Te deseo lo mismo”.
Fue un momento realmente, realmente grandioso. Así que, en ese momento, me di cuenta de que la luz no solo estaba en la vela; estaba en la propia gente. A pesar de las pérdidas y a pesar del dolor, algo aquí aún se aferra a la vida.
En Gaza, la Pascua de Resurrección es más que una celebración religiosa. Es una forma de volver a levantarse, de aferrarse a la esperanza y creer que el mañana puede ser mejor. Y al final, quizá, los niños lo entendieron mejor porque, a pesar de todo, seguían riendo.
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