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Diario desde Jerusalén

Reproducido con permiso del Catholic Herald y traducido al español.

Nada me preparó para los estruendos que sacudieron el edificio y me sacaron de la cama. Había estado durmiendo en mi habitación en el Centro Nuestra Señora de Jerusalén, muy cerca de la Puerta Nueva de la Ciudad Vieja, ajeno a la potencia de los disparos que se esperaban de Irán esa noche. Pero las alarmas que siguieron unos minutos después de la explosión de los proyectiles de artillería me sacaron de mi habitación y me llevaron al vestíbulo.

Nuestra Señora ha sobrevivido a proyectiles de artillería en el pasado, y se mantuvo firme esa noche clara de abril cuando la vanagloriada Cúpula de Hierro de Israel neutralizó los drones y los misiles de Irán, aunque con la ayuda de Estados Unidos y el Reino Unido. Estuve en Jerusalén como parte de una delegación encabezada por el arzobispo de Nueva York, el cardenal Timothy Dolan. Nos refugiamos en los sótanos vacíos.

El papel pastoral del Cardenal Dolan, que ministra a más de 2,5 millones de católicos en 10 condados de Nueva York, también incluye liderar iniciativas de la iglesia local, nacional e internacional. Una de ellas es la Asociación Católica para el Bienestar del Cercano Oriente (CNEWA), que los sucesivos arzobispos de Nueva York han presidido ex officio después de que la Santa Sede reorganizó su administración en 1931.

Estuvimos en Israel y Palestina para conmemorar el 75 aniversario de la Misión Pontificia para Palestina, la agencia operativa de CNEWA en el Medio Oriente. Conmovido por el desalojo de más de 750.000 palestinos de sus hogares durante la guerra árabe-israelí de 1948, el Papa Pío XII estableció la Misión Pontificia para coordinar la ayuda católica mundial.

Durante dos décadas, dos Damas del Grial, Helen Breen y Carol Hunnybun, dirigieron los esfuerzos de CNEWA en Jerusalén. Fueron reclutadas para “venir por un año y ayudar con el trabajo de la Misión Pontificia”, me dijo Carol en 1994, “y después de eso tener la opción de hacer [nuestras] propias cosas”. “En el evento”, dijo sonriendo “estuvimos con Misión Pontificia durante casi 20 años; y nos hiciemos conocidas como ‘las chicas’”.

El Medio Oriente ha sufrido decenios de conflictos civiles y militares, convulsiones políticas y colapso socioeconómico, que han afectado a generaciones de israelíes y palestinos, iraquíes y jordanos, libaneses y sirios. Posteriormente, los sucesores de Pío XII ampliaron el alcance y el ámbito de la Misión Pontificia para proporcionar asistencia humanitaria a los más vulnerables en toda la región, independientemente de su etnia, origen nacional o identidad religiosa.

“La necesidad, no el credo, era nuestra vara para medir”, añadió Carol, “y la Misión Pontificia no tendría nada que ver con las vacas católicas ni las praderas católicas que producen leche puramente católica”.

Más tarde, nuestra delegación comenzó el tortuoso proceso de planificar nuestro viaje de regreso a casa. Seguramente, razonamos, nuestra visita pastoral no podía continuar. Nos equivocamos. Al día siguiente de los fuegos artificiales, nos reunimos en el frente del Centro, una propiedad extraterritorial de la Santa Sede, hábilmente administrada por el Padre David Steffy LC, y observamos a Jerusalén continuar con sus asuntos cotidianos. Las campanas repicaron para la misa dominical en la iglesia parroquial franciscana de San Salvador; los tranvías, repletos de pasajeros, se deslizaron por la carretera que separa la Ciudad Vieja de la Nueva.

Y por lo tanto, razonó el cardenal Dolan, nosotros también continuaremos. Viajamos a la ciudad cristiana palestina de Beit Jala, un suburbio de Belén, donde celebró la misa dominical en la parroquia latina de la Anunciación. “Estos son días de angustia y dificultad para ustedes”, dijo en su homilía a una congregación abarrotada.

“Tienen todas las razones para tener miedo, estar triste. Pero cuando entramos a esta iglesia esta mañana, no vi miedo”, dijo, mientras su voz se elevó con premura, sentimiento y volumen. “No vi tristeza. ¡Los oí cantar, Aleluya! ¡Aleluya! Los vi sonreír. Vi sus ojos dándonos la bienvenida y eso, amigos míos, nos da esperanza. Y por eso, les digo, gracias».

Gran parte de nuestro tiempo lo pasamos con la asediada comunidad cristiana de Tierra Santa, una minoría con una influencia desproporcionada en el tejido de la sociedad israelí y palestina. Más de un tercio de todos los palestinos, señalan los líderes eclesiásticos, se benefician de los servicios sociales ofrecidos por las iglesias, como el cuidado materno-infantil, los cursos profesionales para mujeres, el asesoramiento psicosocial, las iniciativas de vivienda para los ancianos, así como la atención sanitaria y los programas educativos formales. La mayoría de estas iniciativas, señaló el cardenal, reciben el apoyo de la Misión Pontificia.    

“Los vemos como socios”, dijo el cardenal Dolan a los sacerdotes, religiosos y representantes laicos de las organizaciones que se han asociado con los equipos de Misión Pontificia de CNEWA en Jerusalén, Ammán y Beirut desde su inicio, en una Misa de Acción de Gracias el 13 de abril en Nuestra Señora.

Los vemos como miembros de nuestra familia. Siempre han sido parte del carisma de la Misión Pontificia y de la Asociación Católica para el Bienestar del Cercano Oriente que veamos nuestros esfuerzos, no como que hacemos algo por ustedes, no que les hacemos algo, sino que hacemos algo con ustedes. Con ustedes, juntos. Juntos somos”.

Michael J.L. La Civita es director de comunicaciones de CNEWA.

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